Entrevista a Sam Keen, autor de “Fire in the belly”.

Introducción:

Os presento una entrevista muy interesante sobre el paradigma de la “nueva masculinidad”, a Sam Keen, filósofo, pensador y escritor del libro “Fuego en el cuerpo“, una revisión de la masculinidad y el hombre. Una traducción de una entrevista realizada por Stephen Bodian.

fuego en el cuerpo

nota: Meditacion y equilibrio no se identifica con ninguna filosofía vertida en este u otros artículos. Solo lo presenta por su interés. Es labor de uno mismo el discernir y resonar o no con las opiniones vertidas por el autor.

Entrevista a Sam Keen Por Stephen Bodian


Educado como filósofo, Sam Keen se ha convertido en una especie de topógrafo de la experiencia humana, aportando una mezcla única de agudeza psicológica, observación cultural y una inclinación existencial a plantear cuestiones penetrantes acerca de la espiritualidad, la guerra, el amor o el odio. Ex editor de la revista Psychology Today, Keen se dedica actualmente a una temática que despierta polémicas: los hombres y el replanteo de su masculinidad.
En su último libro, Fuego en el vientre (Fire in the belly), Keen explora todo aquello que nos empuja a la guerra, más allá de las cuestiones de género. “El feminismo ideológico -sostiene- estaba haciendo de la guerra una cuestión de género, un problema masculino exclusivamente, como si los hombres fueran naturalmente groseros, brutales y hostiles. En realidad, lo que sucede es que, desde el comienzo de la historia conocida, los hombres fueron socializados para ser guerreros”.
En la entrevista que sigue, celebrada en la quietud de su rancho al norte de California –donde vive con su esposa y su hija de 10 años–, Keen trata de separar la ética del guerrero de las características innatas del hombre y, por ese camino, lanza un desafío tanto a las feministas como al incipiente movimiento masculino
.
¿Usted no piensa que los hombres estamos genéticamente predispuestos a ser guerreros, dada nuestra musculatura, anatomía genital y niveles de testosterona? ¿Cree usted realmente que hay una distribución natural de tendencias belicosas entre hombres y mujeres?

En primer término, pienso que cometemos un terrible error cuando no logramos distinguir entre hostilidad y agresión. Ciertas personas somos naturalmente agresivas, lo cual simplemente significa que centramos nuestra energía en la consecución de ciertas metas. Escribir un libro es algo tan agresivo como pegarle a alguien, pero no es hostil. En este sentido puede ser cierto que el sexo masculino tenga más agresividad, más energía focalizada. Y debido a que tenemos una masa muscular más grande, nuestros modos de acumular y descargar energía son diferentes de los de las mujeres. Es evidente que sus cuerpos son más suaves y redondeados y su estructura cerebral más bilateral, lo que significa que sus hemisferios derecho e izquierdo están más comunicados. La eyaculación es una buena metáfora del modo en que el cuerpo masculino almacena y elimina energía, en tanto el patrón de utilización de la energía por parte de la mujer es más rítmico, más acorde con el encontrado en las sociedades primitivas, donde el cuerpo no retiene tanto la tensión, descargándola de manera más pareja.
Pero no pienso que estas diferencias sean necesariamente innatas. Cuando los hombres tienen lo que Wilhelm Reich denominó su “armadura de carácter” reducida mediante técnicas de trabajo corporal, su patrón de utilización de la energía se torna más rítmico y circular.

Sam keen
Sam Keen.


Pero ¿no está de acuerdo en que, en la mayoría de las culturas, los hombres son los agresores, los más hostiles?
Creo que sería más exacto decir que en la mayoría de las culturas los hombres son socializados para ir a la guerra. Y entonces tenemos que preguntarnos: ¿qué le hace a los cuerpos y la psique de los hombres, durante milenios, esta socialización para convertirlos en guerreros? Obviamente, lo primero que hace es crear este carácter, esta coraza de carácter. Los ritos de iniciación en una sociedad guerrera son inevitablemente brutales; el hombre joven es herido, cortado, azotado, circuncidado, golpeado, para enseñarle a no sentir, a separarse de su cuerpo.
Esto ocurre cuando el muchacho va llegando a la pubertad.
Usualmente. Si usted espera que eventualmente un hombre combata, mate y muera por la tribu, es necesario desensibilizarlo. En nuestra cultura esto comienza por afirmaciones como “los chicos grandes no lloran” o “pelea como un hombre”. Como resultado, el muchacho aprende a apretar las mandíbulas para no llorar, a cerrar el ano, a endurecer los brazos en preparación para la devolución del ataque, a sacar el pecho y endurecer el corazón para evitar ser lastimado.
Una vez que se entrena a uno de los sexos para especializarse en cierto conjunto de emociones, se crea una dinámica en la cual el otro se especializa en otro conjunto. En esta división artificial se asignan al hombre las emociones duras (ser agudo, claro, racional, poner límites, definir las cosas, actuar y asumir responsabilidades en el campo público), asignándose a la mujer las emociones suaves: crianza, sensibilidad, intuición, compasión, todo lo que los hombres no son. Así, terminamos caracterizando estas cualidades como masculinas y femeninas y tenemos todo ese confuso lenguaje junguiano: una vez definidas la ternura y la crianza como femeninas, como hombre deberé buscar mi “lado femenino”.
¿No cree que tal lenguaje es útil?

No del todo. Yo no tengo un lado “femenino”. No hay nada femenino en mí, hasta donde pude haberlo descubierto. Cuando estuve sometido a la terapia junguiana, busqué prolongada y arduamente mi lado femenino. Finalmente comprendí que me estaban lavando el cerebro porque todo lo querible y placentero era denominado femenino. Cuando alzo a mi hija para acunarla, ¿por qué acrobacia de la imaginación es esto un acto femenino? Es tan parte de mi masculinidad como cabalgar montaña abajo a galope tendido.
¿Qué piensa de la femineidad y la masculinidad en el sentido más amplio del yin y del yang? Muchos junguianos dirían que no nos estamos refiriendo a hombres y mujeres sino a una dicotomía más amplia en la cual el yin representa el aspecto más receptivo, cariñoso, sometido, y el yang representa…
Simplemente rehuso poner un predicado de género a estas cualidades. Seguramente hay un yin y un yang, pero no los confundamos con lo masculino y lo femenino. De otro modo comenzamos a plantear todas las preguntas equivocadas, tales como “¿soy lo suficiente hombre?”, “¿soy bien masculino?”, en lugar de preguntarnos: “¿qué clase de persona soy?” o “¿necesito aprender a ser suave y ceder o debo aprender a ser más duro y decidido?”
Pero permítame volver a mi análisis de cómo el hombre fue formado en la ética del guerrero. La armadura del carácter de nuestros cuerpos, que desconecta los sentimientos, también moldea nuestras mentes para pensar linealmente, para pensar con una lógica particular. Creo que este modo de pensar está condicionado culturalmente, más que determinado biológicamente, y sostengo la hipótesis de que los hombres pueden ser adiestrados para tener cerebros más bilaterales, como las mujeres, en una o dos generaciones.
¿Hay alguna evidencia que apoye su hipótesis?

Alguna. Por ejemplo, cuando hombres angloparlantes sufren un ataque apoplético en el área del cerebro que controla el lenguaje, se tornan afásicos y no pueden hablar. Esto no sucede en mujeres con el mismo tipo de ataque. No se vuelven afásicas. Los hombres navajos y hopis, al igual que las mujeres, no se vuelven afásicos. Su lenguaje es mucho más pictórico que el nuestro, proviene de una parte diferente del cerebro y de un punto de vista diferente acerca de la realidad. Creo que todavía no sabemos lo suficiente para separar lo que llamo el “hardware” masculino y femenino del “software” mítico.
Hay tres ritos iniciáticos por los que pasan los hombres: guerra, trabajo y sexo. La guerra es el más significativo. Todos los hombres somos afectados por la ética del guerrero, hayamos o no estado en la guerra, porque si no fuéramos luchadores no nos sentiríamos lo suficientemente duros y por lo tanto seríamos afeminados y fracasados.
Aunque no estemos en guerra, la ética del guerrero parece prevalecer en nuestra cultura machista, futbolísticamente orientada.

Eso es cierto. Y los negocios son una guerra en cámara lenta. Estamos en una cultura donde los hombres siguen siendo recompensados por el mismo conjunto de virtudes hostiles y paranoicas y donde las mujeres, hasta hace poco, eran recompensadas por carecer de las mismas o no desarrollarlas.
Usted habló de la guerra y el trabajo. ¿Qué puede decir de la tercera iniciación, la sexual?
En nuestra cultura, hasta el sexo tiende a centrarse en torno a la competencia y la conquista. Usted recuerda las charlas en los vestidores: cuántas mujeres, con qué frecuencia, cuántas veces. En mi juventud jamás oí a un muchacho hablar de cuánto PLACER encontraba mediante el sexo o cuánto placer daba a una mujer.
¿Qué puede decir del movimiento de concientización masculina? Sé que optó por no identificarse con él.
Hay el inicio de un movimiento masculino, pero todavía no caló muy profundamente. Por más de 25 años el movimiento feminista estimuló un enorme flujo de creatividad. Las mujeres repensaron el lenguaje, reinterpretaron la historia, reformaron la crítica literaria, reexaminaron la política. Recrearon el mundo en términos de una perspectiva femenina, restaurando lo que quedó. Todo lo que los hombres descubrieron, en cambio, es su propia tristeza.
En las mujeres, la emoción más reprimida es la agresión, por lo que era natural que el movimiento de liberación femenina reclamara emociones angulares, como la ira. Para los hombres, lo reprimido es, básicamente, el mundo privado del sentimiento, especialmente los sentimientos de tristeza y pesadumbre. Éstos son, precisamente, lo que no se permite sentir al guerrero.
Los muchachos grandes no lloran.
Correcto. Desafortunadamente, el énfasis en la recuperación de la tristeza hace que, a veces, el movimiento masculino parezca insustancial, como si estuviéramos gimiendo. La aflicción fue muy terapéutica para muchos hombres, pero extrañamente se mezcló con una ideología de víctima.
Los movimientos masculinos están en su infancia, y es natural que los hombres estén explorando todas las emociones que no se nos permitía sentir. El problema es que explorar nuestros sentimientos no nos da proyecto político alguno, ninguna manera de recrear un fuerte sentido de virilidad y una vocación masculina en el mundo. Cada época de la historia tuvo una vocación objetiva por la que se definía la virilidad. Hubo el hombre como cazador, como cultivador, como guerrero, hombre racional (homo sapiens), hombre tecnológico, requiriendo cada etapa alguna virtud elemental no hallada en las etapas más tempranas.
Ahora estamos en una nueva era y enfrentados a una nueva vocación histórica, enfrentados a una nueva saga, acerca de la cual podemos leer en la primera plana del New York Times cualquier día de la semana. Para tener dignidad, los hombres debemos, antes, cumplir dos tareas principales. Primero, debemos frenar el juego de la guerra y trascender la ética del guerrero. Si estoy errado, no estarás aquí para probarlo. Por haber sido tan ingeniosos en la creación de nuevas armas, quedamos fuera del juego. La segunda tarea está más estrechamente alineada con la primera: debemos volver a ser cónyuges de la Tierra. Con nuestro ingenio creamos el tipo de tecnología que destruirá nuestro ecosistema, si no aprendemos cómo domarla. ¿Cómo sería un hombre que no tuviera una psique prometeica aspirando siempre a más y ambicionando conquistar? Estamos en los inicios de una era enteramente nueva donde la definición de la virilidad debe cambiar.
O quizás esa misma cualidad prometeica pueda ser redirigida hacia la vida interior o hacia nuevas formas de cuidar la Tierra.
Exactamente. Ahora la energía guerrera del hombre debe usarse, paradójicamente, para destruir la psique guerrera y la política bélica. Esto requerirá más coraje y agresividad que la vista en los campos de batalla.
¿Qué podemos decir del rol de la iniciación? Usted mencionó que, en sentido general, la guerra, el trabajo y el sexo son ritos de transición para los hombres y también habló acerca de la brutalidad de la iniciación en las culturas tradicionales. ¿Cómo sería en nuestra cultura una iniciación más positiva y afirmadora de la vida?
Hay una gran cuota de sentimentalismo histórico acerca de la idea de iniciación. Gusto decirlo de esta manera: en las sociedades primitivas los hombres sabían realmente quiénes eran. Esto es lo bueno. Lo malo es que estaban básicamente equivocados acerca de esto. Y lo peor de todo es que descubrían quiénes eran porque se les había extirpado el individualismo, imprimiendo en ellos el mito de la tribu, tan fuertemente que nunca volvían a rebelarse contra el mismo.
Para nosotros, tal vez esa carencia de “tribu” sea nuestra fuerza. Cuando yo crecía, mi familia se mudaba cada dos años, más o menos, y yo era siempre un extraño, un solitario. La temprana soledad fue mi mejor iniciadora. Por eso sostengo que, en el viaje heroico real, el segundo rito de transición debe ser autoadministrado. La primera parte del rito, que tiene lugar cerca del punto medio de la vida, es una intensa y solitaria jornada individual hacia adentro de nosotros mismos. La segunda parte es exactamente la opuesta. Debemos volver y traer un beneficio, un don, a la sociedad. Pero primero tenemos que lograr ese beneficio. Para este viaje no contamos con patrones establecidos para seguir. Esta es la marca de la experiencia iniciática del hombre moderno. Tenemos que forcejear en la oscuridad con nuestra propia ansiedad, sin ningún modelo predeterminado.

De modo que hay una segunda iniciación. La primera es una iniciación en los valores de nuestra cultura, pero tenemos que nacer una segunda vez en una dimensión espiritual. Esta idea de un segundo nacimiento aparece en las tradiciones cristiana e hindú. Pero usted sugiere que tenemos que llegar a esta segunda iniciación por nuestro propio camino individual.
Sí, y pienso que lo mismo vale para las mujeres, que también deben pasar por un segundo rito de pasaje, autoadministrado para tener un más profundo conocimiento de sí mismas.
Usted habló del héroe. Pese a Joe Campbell, yo tiendo a asociar el héroe con el modo guerrero, con el individuo que logra algo a través de una gran aspiración y una gran lucha. ¿Qué es lo positivo de este héroe?
El héroe tradicional era más grande que la vida. Era un guerrero, un artista; era excepcional, único. En este período siguiente de la historia humana, necesitamos definir al héroe de manera totalmente distinta, porque fue exactamente el héroe prometeico individualista, que trascendía la vida, el que nos llevó al problema en que nos encontramos ahora. El nuevo héroe requiere ser definido mucho más ecológicamente. Es el que tiene el coraje de integrarse. El coraje de estar satisfecho. La valentia de ser parte. El coraje de no agrandarse y tratar de ser más grande que la vida.
¿Quizás el coraje de ser vulnerable?

No, no me gusta esa palabra. No hay nada de vulnerable al respecto.

¿Qué tiene de malo la vulnerabilidad?
No quiero ser vulnerable cuando no debo serlo. Por ejemplo, quiero ser inteligente, listo, estratégico. Un zorro no es vulnerable. Sabe cómo esconderse, cómo valerse del disimulo. El coyote es el menos vulnerable de los animales, inclusive en la mitología el coyote es el de los ardides. El macho ecológico no es macho blando; es el danzarín, no el guerrero. Se mueve CON, más que CONTRA. Es rítmico, flexible, pero no es vulnerable. Amo la imagen del sabio del Tao Te Ching que puede sentarse y dejar que el barro se deposite en el agua clara. Esa persona no es vulnerable. Por el contrario, es tan fuerte que sabe cómo permanecer callado.
Quizás tengamos diferentes comprensiones de lo que significa ser vulnerable.

Ser sensitivo, sí, o ser sensible.
Creo que eso es lo que significa la palabra “vulnerable”.

Prefiero “sensibilidad” a “vulnerabilidad”. El significado literal de “vulnerable” es “capaz de ser herido; expuesto al ataque”. Dios no hizo a las tortugas para que se saquen la caparazón. Por ejemplo, en relaciones íntimas masculino-femeninas, los hombres no saben cómo defenderse de las mujeres. Psicológicamente hablando, nueve de cada 10 mujeres en una pelea “a finish” se sobrepondrán a nueve de cada 10 hombres, no con agresión centrada y directa, sino con culpa, vergüenza y acusación. Estas son las armas que las mujeres fueron condicionadas para usar, porque durante mucho tiempo se les asignó el rol de víctimas. Como hombres debemos aprender a no ser vulnerables ante las mujeres cuando no deberíamos serlo.
Para tener una buena, tierna relación con una mujer, lo primero que un hombre debe hacer es establecer límites, dejar de ser vulnerable a los juicios de una mujer a su respecto. Esto puede incluir plantarse y decir NO a sus inculpaciones. O salirse del camino, como en el aikido. Una de las maneras de establecer límites claros con las mujeres es apartarse de ellas y pasar más tiempo con otros hombres. Mi matrimonio funcionó mucho mejor desde que volví a cultivar mis amistades masculinas.
El segundo aspecto es ser capaz de permanecer apartado, de desengancharse. Paradójicamente, la mayoría de las parejas no saben cómo no ser íntimas, cómo vivir con alguien mientras se retiene la soledad y el solitario sentido del yo, completamente invulnerable a la otra persona. Me gusta decirlo de esta manera: Dios no susurra el sentido de mi vida en los oídos de mi esposa, o viceversa. Hay un lugar, dentro de mí, al que nadie entra, excepto yo.
¿En qué difiere esto de ser vulnerable de ser cerrado, apartado, indiferente, insensible?

No hay nada malo en ser cerrado e insensible, si también se puede ser lo contrario. En las relaciones hay un momento para no sentir, para retraerse dentro de sí mismo. Una de las cosas más difíciles que hube de hacer fue dejar que personas allegadas y queridas tuvieran sus propios sufrimientos. A veces no es bueno para ellas que yo sienta sus dolores.
El tercer movimiento es estar realmente con otra persona. Los tres trabajan juntos: estar en contra, estar apartado, estar con. En la modalidad de estar con otra persona, la vulnerabilidad es algo bueno. En el momento de estar en contra, usted no quiere ser vulnerable; usted quiere disponer de un conjunto adecuado de defensas.

¿Qué consejos daría a hombres y mujeres respecto de estar unos con otras? En estos días parece haber mucho sufrimiento y confusión acerca de cómo hombres y mujeres pueden estar juntos de manera igualitaria, mutuamente enriquecedora y no hostil.

Claude Levi-Strauss tiene una maravillosa definición de “mito”. Dice que en una cultura dada, “mito” es lo que nos enseña la distancia apropiada entre las cosas. Cuán cerca deben estar padre e hija, madre e hijo, o dos primos. En nuestra cultura hay enorme confusión acerca de cuán próximos deben estar hombre y mujer. Tenemos la hollywoodense noción de que intimidad significa que no hay distancia. En tiempos pasados conocí parejas que nunca pasaron un día o una noche apartados y para quienes la idea de vacaciones separadas era horripilante. Esto es demasiada proximidad; es simbiótico. Yo parto de la noción de que hombres y mujeres están naturalmente muy apartados. Como usted ve, abandoné la expectativa, aunque probablemente no la esperanza, de que una mujer me comprenderá, o viceversa.
No nos comprenden. Los hombres comprenden a otros hombres, pero nosotros realmente no comprendemos a las mujeres. Amar no es saber. Cuanto más quiero a alguien, más misteriosa se torna esa persona para mí, así como cuanto más me quiero a mí mismo, más dejo atrás los estereotipos y comprendo que soy mucho mejor, y también mucho peor, más cruel y más bondadoso, más profundo de lo que sé que soy. Lo mismo en una relación. Debemos dejar de decirnos el uno al otro quiénes somos.

Eso me hace recordar algo que Kahlil Gibran dijo en El Profeta: “Aquellos que nos comprenden esclavizan algo en nosotros”.
Exactamente. Tendemos a ver misterio y rareza como peligrosos, cuando en realidad la indiferencia es el prerrequisito para la continuación del amor… En lugar de ello, tratamos de definirnos uno al otro todo el tiempo. Los hombres dicen a las mujeres que ellas no piensan y proceden a explicarles qué significa pensar “como un hombre”. Equivocado. Las mujeres dicen a los hombres que no sabemos cómo sentir y se proponen: “les enseñaremos cómo sentir”. Pero los patrones masculinos de sentimientos son diferentes. Tenemos que penetrar profundamente en el misterio de nuestro propio género y, por lo tanto, admitir el misterio del otro. Segundo, como mencioné antes, debemos dejar de comprar la inculpación femenina.
Dentro del feminismo hay una facción muy negativa que quiere culpar a los hombres por todo lo malo desde el comienzo de la historia occidental. Estas mujeres maldicen la tecnología patriarcal pero viajan a las conferencias en aviones, escriben artículos en procesadores y los publican en libros impresos en máquinas de alta tecnología, denunciando la misma tecnología que usan tan abundantemente. Tenemos que reír ante semejante absurdo. El sistema lo creamos juntos.
Tercero, debemos oír con compasión el sufrimiento de las mujeres, y el propio. Aquí es donde aparece la vulnerabilidad. Oír a las mujeres hablar de sus heridas, de su ira y amargura al ser disminuidas y calificadas como inferiores cuando se les dice que concebir y educar hijos es menos importante que fabricar aparatos y aparatitos. La ginofobia y la degradación de las mujeres en nuestra cultura son horrendas. Los hombres realmente necesitan oír y sentir sus heridas.
Por su parte, las mujeres deben saber qué significa para los hombres haberse endurecido y vivir una vida de aturdimiento por causa de la sociedad. No lo hicimos voluntariamente; nos fue impuesto. Nuestro aturdimiento, nuestra falta de tragedia, es nuestra tragedia histórica: es la carga que soportamos. Si las mujeres no comprenden esto, jamás dejarán de culparnos.
De modo que necesitamos cierta cantidad de comprensión mutua.
Enorme comprensión y compasión mutuas. Debemos comprender que el sistema género-económico-tecnológico, que hombres y mujeres conspiraron para crear, nos está victimando a todos. Oprime nuestra psique, destruye nuestra ecosfera y nos aliena mutuamente. Cuando hombres y mujeres sintamos la furia y la impotencia de ser víctimas, podremos comenzar a comprender la otra mitad de la verdad: nuestra libertad y capacidad de cambiar. Entonces dejaremos de revolcarnos en nuestra condición de víctimas , de llorar nuestras pérdidas y comenzar juntos a desmantelar el sistema.

Stephen Bodian es el director de la revista Yoga Journal.También es psicoterapeuta practicante en San Francisco, California.
Fuente:Revista Uno Mismo, Vol. III, No. 11, 1992

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *